Iñaki Preciado (Madrid, 1941), filósofo, traductor y tibetólogo, es, en mi opinión, uno de los españoles más singulares de nuestro tiempo. He conocido a mucha gente que ha logrado éxitos sobresalientes en la actividad que realiza, desde premios nobel a artistas excepcionales. Pero creo que, en nuestro país, en este período de entresiglos, las personas como Iñaki pueden contarse con los dedos de una mano. ¿Por qué? Pues porque él mismo se ha labrado sus propios peldaños en terrenos inhóspitos, en los que prácticamente nada había, y en cada uno de ellos ha dejado la huella indeleble de sus aportaciones.
Un premio nobel de medicina, por ejemplo, sigue una carrera universitaria, se incorpora a un departamento de investigación, a un equipo de trabajo, realiza unos experimentos siguiendo unos pasos ya marcados y, gracias a su esfuerzo y a su inteligencia, hace un descubrimiento excepcional. Pero, y ello no desmerece su logro, todos los escalones ya estaban hechos. Lo que ha hecho ha sido seguirlos y, a diferencia de otros que también ascienden por la misma escalera, ha llegado a lo más alto de la misma. Excelente.
Pero Iñaki es que se ha hecho prácticamente él solo la escalera y encima ha repetido la experiencia una y otra vez: se metió en el terreno deshabitado, en tiempos de Franco, de la sinología, y es uno de los grandes sinólogos de nuestro país; luego se pasó al budismo tibetano, y es uno de los escasísimos tibetólogos españoles; ahora está estudiando petroglifos (inscripciones y dibujos en rocas) del neolítico tibetano y centroasiático a la búsqueda de un nexo religioso primitivo y común: ¡pionero de la sinología, la tibetología y la “chamanología” española actual! ¡¿Alguien da más?!
La otra cosa que me sorprende y me admira de Iñaki es que va hacia atrás. Empieza por el chino, por el taoísmo. Luego se pasa al budismo tibetano. Vale, ahí se mantiene o avanza un poco. Pero es que luego se pone a estudiar el bon, la religión tibetana anterior al budismo, luego retrocede al chamanismo y, de ahí, hasta donde los vestigios lo lleven. Su búsqueda radical de una verdad ancestral esencial lo está haciendo retroceder con una determinación de zambullirse en el torbellino hasta el vórtice que me parece kamikaze, propia de suicidas lúcidos. Y choca con un mundo que mira hacia delante y lo único que columbra es que ha perdido el horizonte.
En este movimiento sorpresivo hacia el pasado me recuerda al único genio que he conocido, el escultor Jorge Oteiza, que decía: “Tengo cuatro mil años, pero me conservo joven”*.
Mi padre tenía la traducción de Iñaki Preciado del “Libro del Tao”, premio nacional de traducción en 1979, y era un libro que me encantaba: el texto y la edición, la antigua, de Alfaguara, bilingüe. Muchos años más tarde, leyendo sobre el Tíbet, recurrentemente me encontré su nombre en las bibliografías, o en las búsquedas en internet, me compre varias de sus obras, y, más que las obras en sí, lo que me llamó la atención de él fue su camino, su trayectoria, su forma de moverse, a bandazos, de un terreno de estudio a otro, en campos siempre tan áridos.
Así que… quise conocerle.
Fotos: Américo Virus. Arriba: Iñaki Preciado en Tarchén; abajo: Iñaki con el lama Purbu, en Gyandrak gonpa.
Un premio nobel de medicina, por ejemplo, sigue una carrera universitaria, se incorpora a un departamento de investigación, a un equipo de trabajo, realiza unos experimentos siguiendo unos pasos ya marcados y, gracias a su esfuerzo y a su inteligencia, hace un descubrimiento excepcional. Pero, y ello no desmerece su logro, todos los escalones ya estaban hechos. Lo que ha hecho ha sido seguirlos y, a diferencia de otros que también ascienden por la misma escalera, ha llegado a lo más alto de la misma. Excelente.
Pero Iñaki es que se ha hecho prácticamente él solo la escalera y encima ha repetido la experiencia una y otra vez: se metió en el terreno deshabitado, en tiempos de Franco, de la sinología, y es uno de los grandes sinólogos de nuestro país; luego se pasó al budismo tibetano, y es uno de los escasísimos tibetólogos españoles; ahora está estudiando petroglifos (inscripciones y dibujos en rocas) del neolítico tibetano y centroasiático a la búsqueda de un nexo religioso primitivo y común: ¡pionero de la sinología, la tibetología y la “chamanología” española actual! ¡¿Alguien da más?!
La otra cosa que me sorprende y me admira de Iñaki es que va hacia atrás. Empieza por el chino, por el taoísmo. Luego se pasa al budismo tibetano. Vale, ahí se mantiene o avanza un poco. Pero es que luego se pone a estudiar el bon, la religión tibetana anterior al budismo, luego retrocede al chamanismo y, de ahí, hasta donde los vestigios lo lleven. Su búsqueda radical de una verdad ancestral esencial lo está haciendo retroceder con una determinación de zambullirse en el torbellino hasta el vórtice que me parece kamikaze, propia de suicidas lúcidos. Y choca con un mundo que mira hacia delante y lo único que columbra es que ha perdido el horizonte.
En este movimiento sorpresivo hacia el pasado me recuerda al único genio que he conocido, el escultor Jorge Oteiza, que decía: “Tengo cuatro mil años, pero me conservo joven”*.
Mi padre tenía la traducción de Iñaki Preciado del “Libro del Tao”, premio nacional de traducción en 1979, y era un libro que me encantaba: el texto y la edición, la antigua, de Alfaguara, bilingüe. Muchos años más tarde, leyendo sobre el Tíbet, recurrentemente me encontré su nombre en las bibliografías, o en las búsquedas en internet, me compre varias de sus obras, y, más que las obras en sí, lo que me llamó la atención de él fue su camino, su trayectoria, su forma de moverse, a bandazos, de un terreno de estudio a otro, en campos siempre tan áridos.
Así que… quise conocerle.
Fotos: Américo Virus. Arriba: Iñaki Preciado en Tarchén; abajo: Iñaki con el lama Purbu, en Gyandrak gonpa.

