Remando en polisíndeton

"Me acuerdo de ti" (Robe Iniesta)



domingo, 3 de octubre de 2010

Bohemia madrileña del siglo XXI


Bohemia madrileña del siglo XXI

No aspira a que futuros multimillonarios adquieran sus lienzos por cifras astronómicas; ni mucho menos a que en los siglos venideros rebusquen su cripta mortuoria bajo la nave mayor de iglesia alguna. “Me basta con que la gente que tenga mis cuadros sea feliz con ellos”, afirma Teresa Vázquez.

(Este reportaje sobre los artistas de la Plaza Mayor, la Plaza del Conde de Barajas y el Retiro,  fue publicado en 2001).

Foto: http://madridfotoafoto.blogspot.com/2008/10/los-pintores-de-la-plaza-mayor.html

(SIGUE EN MÁS INFORMACIÓN)

Teresa Vázquez, pintora
http://www.youtube.com/watch?v=mw-Jd-lnhuY

Todos los días, nieve o truene, Teresa llega a las diez de la mañana a la Plaza Mayor. Saca su caballete y su instrumental pictórico del trastero de una tienda de “souvenirs”, se toma su cafecito con croissant en una terraza a precio de barra, y se pone a pintar. Así lo ha hecho durante los últimos siete años, y así le gustaría seguir haciéndolo si cumpliera los ochenta.

Para ella, pintar en la calle forma parte de una actitud ante la vida que define como “ir a mi aire”. Aunque afamadas galerías se interesaran por sus cuadros, “seguiría pintando en la plaza, porque ella me lo ha dado todo”, asegura. Se considera bohemia, que no intelectual. “Un bohemio es una persona romántica, muy libre y, al mismo tiempo, respetuosa con todo y con todos; un intelectual es, simplemente, una persona muy versada y muy leída”.

Como creadora, se siente orgullosa de haber logrado la armonía entre su obra y su persona. Hace alguna concesión a lo comercial, como los cuadros de flores, pero luego sigue su propia senda. “Ahora pinto objetos cotidianos: un baúl, una bicicleta, una bañera vieja”. Su paleta la componen el amarillo, el naranja, el morado y el rosa -“magenta”, especifica-, color del que ha teñido su pelo, lo que suscita la atención de muchos niños que la preguntan si es drogadicta o payasa.

Teresa se considera una privilegiada por poder vivir de lo que le gusta. Reconoce que a mucha gente le parecería poco el dinero que ella gana. “Depende de la escala de valores. Yo tengo todo lo que necesito”. Y no escatima en gastos para desarrollar su creatividad. Todos los meses invierte entre 30.000 y 40.000 pesetas en pinturas, porque su técnica, basada en obtener texturas, requiere una ingente cantidad de pigmento. “Podría gastar la mitad, pero entonces no expresaría lo que quiero”. Sólo echa de menos viajar durante uno o dos meses al año. “Ya llegará”, vaticina.    

Esperando la gloria

Como Teresa, entre siete y treinta artistas acuden a diario a la Plaza Mayor a ganarse el pan. No todos comparten su vocación de callejera. El argentino Alejandro Levati está  por dinero, esperando la oportunidad de elevar su cotización en el mercado. “Por aquí pasan muchos millones de turistas. Es un escaparate muy bueno. Y ganas más que en una galería, porque la galería se lleva del cuarenta al cincuenta por ciento de lo que cuesta el cuadro”. Sus obras van desde las 3.000 a las 50.000 pesetas. Alejandro se queja de que en Madrid no hay buen gusto por la pintura. “En Barcelona, tienen más altura”, opina.

Los pintores de la Plaza Mayor se dividen en tres grupos: los caricaturistas, los retratistas y los que desarrollan su propio estilo. La mayoría ejerce de caricaturista o de retratista, aunque luego en su casa cultive un arte más personal. Sólo algunos exploran esta última faceta en la misma plaza.

Roberto Buono acaba de dar el salto. “Llevo un mes pintando desnudos y resulta que los vendo”. Roberto aprecia una evolución en este micromercado. “Cada vez hay más caricatura y más pintura de autor, porque la gente que no quiere gastarse mucho dinero se hace una caricatura por mil pesetas, y los que sí que se lo quieren gastar, se compran arte más personal, pero no retratos, que están a la baja”.  

Entre los caricaturistas y retratistas, Mesian es uno de los veteranos. Lleva nueve años dedicándose a ello. Tarda diez minutos en hacer una caricatura y entre una hora y hora y media en hacer un retrato. Le gusta la calle como lugar de trabajo porque le gusta el trato con el público. “Cuando pinto a alguien siempre establezco una relación cordial, de complicidad”.

En el extremo opuesto se encuentra Krimo, que lleva cuatro meses de caricaturista profesional, aunque en el tiempo libre que le dejaban anteriores oficios pintaba. “Lo importante es que te veas como pintor”, declara.

En cuanto a las relaciones de estos profesionales con la autoridad, son buenas, salvando aisladas exhibiciones de prepotencia. Fue el caso de Roberto, que no supo quién era el concejal Angel Matanzos hasta que éste lo expulsó de la Plaza Mayor por negarse a retratarle gratis.  “Después de que los guardias me echaran, salió a la ventana de la Junta del Distrito Centro, me silbó y me dijo que volviera, pero entonces no me salió a mí de los cojones. Regresé al cabo de dos semanas”.

Entre los sinsabores del pintor callejero están los altibajos de sus ingresos; a veces no se llega a fin de mes. “Entonces le pides dinero al que tienes al lado, o si no al otro; hasta para comprar un pincel”, cuenta Roberto. “Luego, serán ellos los que te lo pidan a ti”.

El “Montmatre” madrileño

El otro foco principal de pintura callejera en Madrid se encuentra en la plaza del Conde de Barajas, “que no está cerca del aeropuerto, sino al lado de la plaza Mayor”, puntualiza Enrique Fernández, presidente de la Asociación de Pintores “Taller Abierto”. Este colectivo expone allí su obra todos los domingos por la mañana desde 1984, cuando el alcalde Enrique Tierno secundó la idea de algunos de ellos de que Madrid tuviese su “Montmatre”.

Lo recóndito del enclave excluye la comparación con su modelo parisino, ya que la plaza del Conde de Barajas recibe una afluencia de público minoritaria. “Nos gustaría estar en algún lugar por donde pasara más gente, como el Paseo de Recoletos”, deja caer Ramón Mayoral, vicepresidente del Asociación.

Actualmente, el colectivo lo forman 36 pintores, la mayoría con otra profesión como fuente regular de ingresos. “No caben más”, aclara Fernández. Hay otros doce en lista de espera y para engrosar la misma hay que ser propuesto por un miembro y superar una fase de evaluación de la obra y trayectoria. Esta selección ha dado sus frutos: del colectivo han salido artistas como Jalón o Ciscar, que empiezan a ser valorados en galerías de Londres o París.   

Por último, en el Parque del Retiro, los fines de semana, desde la primavera “hasta que llega el mal tiempo”, cuatro o cinco pintores se dan cita para hacer retratos y caricaturas junto al estanque. Juan Sánchez que lleva siete años acudiendo, pero manifiesta su desacuerdo con la imposición municipal que los obliga a pagar un permiso por pintar, mientras que a músicos, titiriteros y otros artistas que trabajan a su lado no se lo exigen. 

“Nos tratan como a vendedores. Estamos marginados”. Por lo demás, Juan se siente a gusto en el Retiro. Aún recuerda gratamente el día en que vino la ”sex symbol” televisiva Marlene Mourreau y alabó la caricatura que de ella exhibe como reclamo.

No hay comentarios: